Laboratorios ciudadanos: mediación y construcción colectiva

CONVERSACIÓN CON DIEGO PARAJÓ

5 de octubre de 2026

"La mediación artística no consiste simplemente en acercar una obra o una disciplina artística a un público, sino en facilitar procesos de encuentro y creación compartida"  DIEGO PARAJÓ

Un laboratorio ciudadano se define como un espacio de experimentación y cocreación que se articula mediante una metodología participativa, abierta y horizontal, en el que se desarrollan ideas y proyectos orientados a abordar cuestiones de interés común y favorecer la innovación social.

Estos pueden adoptar formas y objetivos muy diversos según el contexto en el que se desarrollen. De entre todos ellos, aquí nos centraremos en los que cruzan arte y tecnología: de dónde vienen, qué papel juega la mediación en ellos y cómo se desarrolló en un taller de arte sonoro para jóvenes.

Antecedentes

Para entender de dónde vienen, conviene mirar atrás. Los laboratorios ciudadanos son herederos de los laboratorios predigitales, y cada uno de ellos sumó algo: el científico, la experimentación; el industrial, el prototipo; y el de diseño empezó a acercar lo artístico a lo técnico. Tras la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos, aparecerían los laboratorios tecnológico-digitales, que combinaban matemáticas, electrónica y diseño y que, con internet y la informática personal, abriría nuevas posibilidades de colaboración.

En España, una de las primeras referencias en las que arte y tecnología se encontraron fue el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, nacido en 1966 de un acuerdo entre la Universidad e IBM. Allí, artistas, arquitectos e ingenieros trabajaron juntos en seminarios como el de Generación automática de formas plásticas.

Sin embargo, estos laboratorios seguían reservados a especialistas. El paso hacia lo ciudadano llegó cuando la tecnología empezó a salir de esos espacios. Un buen ejemplo son los Fab Labs: en 2001, el profesor del MIT Neil Gershenfeld lanzó un curso titulado How to make almost anything, del que nacería el primer laboratorio de fabricación digital de este tipo. Su modelo, con los mismos equipos en todos los centros para que cualquier proyecto pudiera replicarse, se extendió por todo el mundo y dio lugar a Fab Labs independientes.

El laboratorio ciudadano recoge toda esta herencia –la experimentación, el prototipo, el cruce entre arte y técnica, la colaboración en red– y le añade algo decisivo: cualquier persona puede proponer un proyecto y participar en él. En España, el gran referente fue Medialab Prado. Su origen se remonta al año 2000, con un taller de arte digital en el centro cultural Conde Duque; en 2002 nació MediaLab Madrid y, en 2007, ya como Medialab Prado, se consolidó como un espacio que situaba la participación de la comunidad en el centro de su programación, mediante convocatorias abiertas, recepción de propuestas o foros. Incluso contó con su propio Fab Lab. Durante este proceso, el papel de los mediadores y mediadoras se hizo fundamental. Se encargaban de facilitar los procesos colectivos y de que estos fueran abiertos, accesibles e inclusivos. Su labor consistía en acoger y acompañar a quienes participaban, e invitarles a pasar de ser oyentes o espectadores a interlocutores y, finalmente, coproductores.

De la experiencia de Medialab Prado pueden consultarse en su web diferentes recursos, como el Manual de mediación. En este se resume la mediación en una sola idea: ser un buen anfitrión, es decir, cuidar y atender a las personas y los grupos que habitan un espacio y ser hospitalario con quienes llegan por primera vez.

La mediación desde Xeneme

Diego Parajó, director del proyecto Xeneme Lab y con una gran trayectoria en mediación, comparte esta idea de facilitar encuentros y construir las condiciones necesarias para que diferentes personas entren en relación, aprendan, creen, decidan y transformen un fragmento de realidad conjuntamente.

Su enfoque a la hora de llevar a cabo estas acciones proviene de su formación en educación social y se sitúa dentro de una tradición más amplia de trabajo sociocomunitario. La mediación artística, nos explica Diego, no surge de manera aislada ni constituye una práctica completamente nueva, sino que recoge aportaciones de la mediación social, la educación popular, la educación social, la animación sociocultural y el arte comunitario. Antes de consolidarse como un campo específico, estas corrientes ya habían desarrollado formas de intervención participativas, dialógicas y no jerárquicas, orientadas a favorecer la expresión, la autonomía y la transformación social.

Desde esta perspectiva, recuerda, en el trabajo sociocomunitario se lleva décadas recurriendo a enfoques como el de Paulo Freire, cuya pedagogía crítica planteaba un aprendizaje dialógico y horizontal, en el que educadores y educandos construyen conjuntamente el proceso educativo. Freire no fue el fundador de la mediación artística, pero su pensamiento constituye una referencia fundamental para comprender algunos de los principios que esta práctica incorporaría posteriormente. Su aportación permite superar una concepción vertical de la intervención y reconocer a las personas y comunidades como sujetos activos, con capacidad para interpretar su realidad y participar en su transformación.

Esta relación, señala, puede entenderse, de forma orientativa, como un recorrido que va desde la mediación social y la educación popular hacia la pedagogía crítica y la educación liberadora, y de ahí hacia la animación sociocultural, el arte comunitario y la mediación artística. No se trata, sin embargo, de una evolución lineal ni de una relación de causa y efecto. Más bien, la mediación artística se configura progresivamente en la intersección entre la educación social, la educación artística y la intervención comunitaria, incorporando principios que ya estaban presentes en aquellas experiencias anteriores.

Partir de esta coherencia, añade, implica reconocer que quienes participan poseen sus propios códigos, experiencias, conocimientos y capacidades, y que son precisamente estos elementos los que dan forma real a la práctica. El diálogo con las comunidades, la participación activa, el reconocimiento de los saberes populares, la horizontalidad de las relaciones, la problematización de la realidad, la creación colectiva y la conexión entre reflexión y acción forman parte de este marco ético, político y metodológico.

En su manera de entender este proceso, el arte no se utiliza únicamente como una herramienta para transmitir contenidos ni como una actividad puntual de entretenimiento. Los lenguajes y procesos artísticos funcionan como dispositivos de relación, expresión, elaboración simbólica y participación social. Permiten generar espacios en los que las personas pueden explorar sus experiencias, compartirlas, construir sentidos colectivos y formular nuevas maneras de comprender o transformar su entorno. Por eso, insiste Diego, la mediación artística no consiste simplemente en acercar una obra o una disciplina artística a un público, sino en facilitar procesos de encuentro y creación compartida.

Ese es, en su opinión, uno de los elementos diferenciadores de este enfoque: el profesional que acompaña no desaparece —sigue siendo responsable de generar las condiciones, cuidar el proceso y aportar sus conocimientos—, pero deja de ocupar el único lugar de quien sabe. Su función es mediar, escuchar, facilitar, contextualizar y adaptar la propuesta, favoreciendo que el grupo pueda participar de manera significativa y que sus aportaciones tengan una incidencia real en el desarrollo de la práctica.

Por ello, sostiene, también hay que distinguir entre la acción desarrollada en un taller puntual y un proceso de mediación artística con capacidad transformadora. El primero puede despertar interés, facilitar un primer contacto o generar una experiencia significativa. Sin embargo, el segundo requiere continuidad, vínculo, contexto, capacidad de adaptación y seguimiento. La transformación no depende únicamente de la actividad artística en sí, sino de la relación que se construye, del tiempo compartido, de la escucha de las personas participantes y de la posibilidad de que el proceso tenga consecuencias más allá del propio taller..

Mediar en un laboratorio de arte sonoro: un caso práctico

En julio de 2026, dentro del programa Ponteverán del Concello de Pontevedra, Xeneme diseñó un Laboratorio de Arte Sonora con un lema que resume su recorrido: del ruido a la obra colectiva. Durante cuatro días, del 13 al 16 de julio y de forma gratuita, un grupo de jóvenes trabajó la escucha, la grabación, la transformación del sonido y la creación de piezas propias.

El planteamiento de partida fue claro: no se trataba de un curso técnico cerrado de electrónica o síntesis sonora, ni de comprobar quién dominaba antes un sintetizador. El objetivo era crear un espacio de encuentro, conocimiento mutuo y aprendizaje compartido entre gente joven.

A partir de ahí, la labor de mediación se concretó en tres prácticas:

– La primera, facilitar un umbral de entrada real: ofrecer solo las nociones básicas para que los equipos no se convirtieran en una barrera.

– La segunda, abrir un tiempo para experimentar, escuchar, equivocarse y volver a probar sin miedo a hacerlo mal. Hacer accesible el laboratorio no significaba simplificar las herramientas hasta vaciarlas de posibilidades, ni convertir su complejidad en una prueba de acceso, sino dar tiempo para que cada persona pudiera descubrirlas a su ritmo.

– Y la tercera, reconocer lo que cada persona traía consigo (una referencia musical, una habilidad tecnológica cotidiana, una sensibilidad rítmica, una pregunta) y evitar que las diferencias de nivel técnico se convirtieran en una jerarquía sobre quién podía hablar, decidir o crear.

El laboratorio avanzó del trabajo individual al colectivo: “Eu → Ti + Eu → Nós → Tótem”.

El proyecto final planteado fue crear una instalación sonora repartida por los diferentes espacios del Local de Música. Diego propuso la estructura en relación con cómo nos enfrentamos a una circunstancia personal: lo de dentro (qué piensas), lo intermedio (cómo lo procesas) y lo de fuera (cómo lo exteriorizas).

Diego señala, sobre todo, la reciprocidad de aprendizajes. Él llegaba con conocimientos sobre herramientas, organización y diseño de sesiones, pero estos no determinaron lo que ocurrió. Durante el laboratorio aparecieron cinco tipos de saberes que nadie habría traído por separado:

Prácticas sonoras durante el laboratorio, 2026

Incluso el desconocimiento técnico jugó a favor: sin ideas rígidas sobre cómo debían usarse los instrumentos, el grupo se atrevió con caminos menos convencionales.

La mediación, concluye Diego, es una tarea compleja que exige tiempo, formación, cuidados, recursos, escucha y responsabilidad; por eso no puede reducirse a una tendencia, a una etiqueta ni a una intervención de impacto inmediato.

En resumen, la riqueza de un laboratorio ciudadano está en el proceso: un recorrido que invita a escuchar, a compartir, a llegar a acuerdos, a pensar juntos un reto y a sentirse parte de un grupo. No es solo el proyecto final lo que contribuye a la mejora del bien común, sino también la forma de relacionarnos y de trabajar conjuntamente.

Mediar, en definitiva, es cuidar ese proceso.

Recursos y material complementario sobre el tema: